miércoles 21 de noviembre de 2007

INTRODUCCIÓN



Hola a todos.

Antes de nada, vamos a presentarnos. Nos llamamos Mari Carmen y Julio y somos una pareja de Madrid que viajamos a Escocia a mediados de Junio de 2007. Quedamos tan impresionados con la belleza de aquel país, que decidimos crear un cuaderno de viaje en formato de blog con el fin de contar nuestra experiencia y acercar a los futuros viajeros nuestra humilde percepción de la aventura, durante nuestra estancia en la tierra de los lagos y los castillos.



Lo de llamar al blog "Érase una vez en Escocia" tal vez se deba a que en todo momento nos pareció sentirnos en la piel de aquellos personajes de cuento, rodeados de bosques y paisajes preciosos donde la más humilde casita de campo parecía sacada de lo que describían los hermanos Grimm en sus relatos.

Planificamos nuestro recorrido con antelación, "acampando" cada día en un lugar diferente y procurando visitar lo más simbólico de la cultura escocesa aún a sabiendas que nos dejaríamos muchas cosas por ver.
Visto en el mapa, Escocia
puede parecer un país pequeño pero no lo es. Nosotros recorrimos una media de 350 Kms diarios y en 7 días, se puede decir que solo vimos una cuarta parte de lo más esencial, lo cual significa una cosa: estamos obligados a volver.


Para los que tengais pensado viajar allí, permitidnos el consejo de que lo hagais por libre y por supuesto, en coche. Es lo que realmente os va a permitir fundiros con la cultura escocesa y perderos por lugares y acantilados que ni por asomo, tendríais oportunidad de conocer a través de un viaje organizado.

Lo de conducir por la izquierda no es tan complicado y enseguida se le coge el punto. Eso sí; nunca hay que bajar la guardia y estar muy atento a las señales porque las carreteras secundarias de Escocia son
secundarias en el sentido más literal de la palabra.

Aquí teneis una foto con el itineario que nosotros hicimos, clasificado por días y colores como el plano del Metro. Espero que os sea útil.


(pinchad sobre las fotos para verlas en grande)

De la misma manera, hemos clasificado las diferentes entradas del blog por días e itinerarios y que podeis consultar pinchando en los enlaces del panel lateral. También hemos añadido las fotos más representativas de cada lugar visitado y también algunos videos, que seguramente harán que la lectura sea mucho más amena y descriptiva.


Por supuesto, no dudeis en dejar vuestras opiniones. Este es un diario abierto y estaremos encantados de responder a cualquier pregunta o duda que querais formular. Podeis hacerlo pinchando en el link
Comentarios que hay al final de cada post.

Gracias de antemano y ójala que disfruteis del viaje tanto como nosotros.

martes 20 de noviembre de 2007

DÍA 1 --- MADRID - GLASGOW - EDIMBURGO


La noche anterior a nuestro viaje, apenas habíamos dormido.

Aparte de los inevitables nervios, habíamos estado de boda (no la nuestra eh?) y nos acostamos bastante tarde. No habíamos conciliado ni 3 horas de sueño cuando el despertador nos recordó que debíamos ponernos en marcha y encaminarnos hacia el areopuerto. Nuestra "aventura" estaba a punto de comenzar.
Y pongo lo de aventura entre comillas porque la cosa no empezó con my buen pie que digamos.

Al llegar a la T4 del aeropuerto de Barajas nos encontramos con una situación bastante caótica y pudimos observar lo alterada que estaba la gente.
Las colas para facturar eran enormes y para colmo nos dicen que nuestro vuelo lo gestionaba Iberia. Ahí ya empezamos a preocuparnos.
Cuando llegó nuestro turno, el avión que teníamos que coger ya llevaba un rato a 10.000 pies de altura. De nada nos sirvió haber llegado al aeropuerto con casi 3 horas!!!! de antelación. Vergonzoso.


Menos mal que dos horas más tarde nos pudieron meter en el siguiente vuelo con destino al aeropuerto de Heathrow (Londres), donde hacíamos escala para despues volar a Edimburgo.
A las tres y media de la tarde estabamos despegando.


Cuarenta y cinco minutos más tarde, dejábamos atrás la península sobrevolando la costa de Bilbao.


Aterrizamos en el aeropuerto de Heathrow a las 4 de la tarde hora local (allí es una hora menos) y nuestro vuelo para Edimburgo, salía a las 5.
Como teníamos que recoger el equipaje y facturar de nuevo con British Airways, evidentemente perdimos también el vuelo a Edimburgo.
Ya es mala pata perder dos aviones en el mismo día con lo grandes que son.

Nuestra preocupación aumentó al ver que el siguiente vuelo a Edimburgo había sido cancelado y ya no había más hasta el día siguiente, así que alli estabamos, sin saber qué hacer ni a quien acudir.
Una vez en Londres, olvídate de Iberia y por supuesto olvídate de hablar castellano.

En nuestra deseperación, acudimos a un mostrador de British Airways donde, aun no sé como y con mi limitado inglés, conseguí entenderme con una señora muy amable que nos ofreció una alternativa: en dos horas salía un vuelo para Glasgow y si había suerte y fallaban algunos pasajeros, nos podían dar plaza.
No entraba en nuestros planes pasar por Glasgow, pero al estar a solo una hora de tren de Edimburgo, pensamos que en el peor de los casos, era mejor quedarse tirados allí que no en Londres y decidimos arriesgarnos.

A 15 minutos de la salida del vuelo, nos anuncian que podemos facturar y por fin respiramos aliviados. Hora y media más tarde, estabamos tomando tierra en el aeropuerto de Glasgow. Al menos ya estabamos en Escocia y nuestras lívidas caras ya tenían mejor color.


En el mismo aeropuerto, cogimos un autobus que nos dejó en la estación de ferrocarril donde deberíamos tomar un tren que nos llevara a Edimburgo.
No pudimos ver gran cosa de Glasgow desde el autobus porque iba abarrotado de gente y estaba empezando a anochecer, pero nos pareció una ciudad no demasiado distinta a cualquier otra europea. Sin ser la capital, es la ciudad más industrial y más poblada de Escocia y si sirve de ejemplo, fue la única localidad escocesa donde vimos bloques de pisos como los que hay aquí.

Una vez en la estación sacamos los tickets para el tren a Edimburgo y a las 22:20 el tren partía puntual hacia nuestro destino.


El viaje duró algo menos de una hora y cuando llegamos a Edimburgo, era ya noche cerrada y la estación estaba bastante solitaria. Preguntamos a unos policías donde podíamos coger un taxi y nos indicaron amablemente donde estaba la parada más próxima ya que allí no se puede parar a los taxis en plena calle.
Los taxis de allí son enormes por dentro y en la parte de atrás caben cinco personas perfectamente. El equipaje va en la parte de delante, junto al conductor.

Indicamos al taxista la dirección de nuestro hotel y en menos de cinco minutos, estábamos ante la puerta de The Thistel House, nuestro primer hotel en Edimburgo. El taxi nos costó 2,40 libras. No nos pareció caro en absoluto y además el taxista fue muy amable en todo momento.
Por fin estábamos en nuestro destino, pero aún tuvimos que sortear un último inconveniente: el hotel cerraba a las 11 de la noche y eran las 12 menos cuarto. Pulsamos el timbre ya que la puerta estaba cerrada.

Una vez. Dos veces........y nada.
A la tercera, nos abrió la puerta un recepcionista de rasgos hindús totalmente despeinado y restregándose los ojos, con aspecto de haber saltado de la cama.
Le explicamos nuestra epopeya con los vuelos y pedimos disculpas por el retraso. El tipo sonrió y nos invitó a pasar asegurando que no había ningún problema.
Firmamos en el libro de registro y nos condujo a una habitación abuharllidada muy acogedora, bastante similar a las de las casas de muñecas.


Es difícil describir el tremendo suspiro de alivio que dimos al dejar caer las maletas en el suelo. Ahora sonrio al contarlo pero la verdad es que pasamos un día de absoluta penuria, en el que solo nos faltó llorar.
Aún no nos explicamos como fuimos capaces de llegar con todos los contratiempos que tuvimos. Mejor no pensar en ello.
Lo importante es que estábamos en nuestro hotel y nos estaba esperando una mullida cama que de verdad necesitábamos. Estábamos rendidos y dormimos como lirones.

No adelanto nada, pero a partir de ahora todo iba a ir como la seda.
O casi todo.

lunes 19 de noviembre de 2007

DÍA 2 --- EDIMBURGO - PITTENWEEM - ST. ANDREWS - GLAMIS CASTLE - BALLATER



A las 7:30 de la mañana sonó el despertador del móvil con la melodía del Otoño de Vivaldi. Nada más saltar de la cama, quisimos convencernos de que realmente estábamos en Edimburgo. Nos asomamos a la ventana y esto fue lo primero que vimos:


A primera vista, Edimburgo era como lo habíamos imaginado, sempiternamente nublado, con aquellas casas de aspecto victoriano, sus tejados de pizarra plagados de verdín a causa de la humedad y esas chimeneas cilíndricas que nos recordaron a la película "The Yellow Submarine" de los Beatles, en la secuencia en que sonaba Eleanor Rigby.
No había tiempo que perder y estabamos hambrientos así que, tras una ducha rápida, bajamos a desayunar para por fin dar buena cuenta del famoso "scottish breakfast" consistente en huevos con bacon, pastel de patata, salchichas, judías y champiñon a la plancha. Ah y también café y tostadas.
Casi ná.


Tras desayunar, fuimos en busca de las maletas, pagamos la cuenta y pedimos al simpático recepcionista que si podía avisar a un taxi. Teníamos que recoger el coche de alquiler a las 9:30 y ya eran casi las 9. Éste lo hizo encantado y mientras llegaba el taxi (que apenas tardó 5 minutos), aprovechamos para hacernos una foto frente al Thistle House como recuerdo a nuestra maravillosa estancia en aquel hotelito, altamente recomendable.


Una vez en el taxi, pudimos contemplar las calles de Edimburgo a la luz del día y la belleza de sus construcciones. En nuestro recorrido, charlamos amigablemente con el taxista, principalmente sobre fútbol (el Real Madrid acababa de proclamarse campeón de Liga) y algunas curiosidades sobre como se pronuncian ciertas palabras.
Por ejemplo, tendemos a pronuciar Edinburgh como "Edinborg" y los escoceses dicen "Edinbra". Salvando estos pequeños detalles, tengo que decir que el inglés del taxista se comprendía perfectamente. No sé quien soy yo para afirmarlo pero al contrario de lo que dicen por ahí, los escoceses hablan un inglés muy correcto. Al menos en Edimburgo.

Llegamos puntuales a la oficina de Avis y nos despedimos del taxista con un fuerte apretón de manos. El trayecto nos costó esta vez 4,80 libras y tampoco nos pareció caro teniendo en cuenta que habíamos atravesado media ciudad.
Una vez en la oficina de alquiler, dimos nuestros datos y nos entregaron las llaves de un flamante Renault Megane de color negro, casi a estrenar. No lo habíamos pedido, pero por el mismo precio (294 libras por 7 días) nos entregaron un coche con todos los extras que cabe imaginar, incluido un estupendo techo solar.

Ahora venía la incertidumbre de como me las iba a apañar para conducir por la izquierda así que salimos del garaje con bastante precaución mirando bien a todos lados y cambiando radicalmente el chip en las intersecciones de las calles. No habíamos recorrido ni 500 metros (perdón, 547 yardas) cuando sonó un golpe seco que nos dió un tremendo susto. Al principio pensamos que había saltado un airbag, pero enseguida vimos que habíamos golpeado el retrovisor izquierdo del coche con alguna farola (creemos) y que el espejo se había rajado. Joer. Empezabamos bien.

Paramos para comprobar los daños y viendo que no se trataba de nada grave, reemprendimos la marcha despacito y con un ligero tembleque en las piernas, todo hay que decirlo.
Lo más embarazoso de conducir por la izquierda no es tomar las rotondas al revés, ni la palanca de cambios o la dirección como se suele pensar. Lo más complicado que observamos nosotros fue la distancia que tienes que tener en cuenta de la anchura del vehículo por el lado del copiloto para no subirte a las aceras.

Tras unos cuantos cruces y rotondas, le fui cogiendo el tranquillo al coche y cuando nos quisimos dar cuenta estábamos en las afueras de Edimburgo en plena autopista (allí les llaman "motorways"), de momento circulando por el carril de vehículos lentos que evidentemente es el izquierdo.


Antes de desviarnos hacia Pettenweem, nuestro primer destino, paramos en la localidad de Kirkcaldy para hacer acopio de provisiones en un pequeño supermercado, donde compramos bebidas, algo de queso, embutido y pan de molde.
Cuando vas de viaje en plan excursión es lo mejor que se puede hacer: desayunar fuerte como hicimos nosotros y luego comer unos sandwiches a media tarde. No es que en el Reino Unido se coma mal, pero tienen un pan de molde excelente y eso hay que aprovecharlo.

Eran las 11 y media cuando llegamos a Pettenweem, un precioso pueblo pesquero en la costa este de Escocia, famoso por sus historias y leyendas sobre brujas.
No fue casualidad que aparcaramos el coche junto a un tenebroso cementerio.


Puede que suene macabro pero los cementerios escoceses son un verdadero espectáculo. Están siempre a pie de calle o cerca de las iglesias y dentro de su aspecto lúgubre, son bonitos de ver.
En las localidades costeras, no es extraño ver alguna que otra tumba de supuestos piratas.



Tras visitar el cementerio y su iglesia, nos encaminamos hacia la zona del puerto bajando por las empinadas calles empedradas del pueblo. Nos sorprendieron las humildes casas de los pescadores, el agradable olor a salitre y lo limpísimo que estaba todo.


Una vez en el puerto, dimos un paseo por la calle principal y nos detuvimos a mirar y fotografíar las pintorescas embarcaciones.


Después, seguimos caminando hasta el final del muelle para contemplar la fiereza del mar del Norte que sorprendentemente para nosotros, ese día estaba bastante tranquilo.


Nos encantó Petenweem
y no nos hubiera importado quedarnos un rato más allí, pero teníamos un itinerario que cumplir así que regresamos de nuevo al coche y configuramos nuestro siguiente destino en el GPS: Saint Andrews, lugar donde segun dicen, se inventó el golf y considerado cuna mundial de este deporte.
Por lo visto hay listas de espera de varios años para jugar en los campos de golf de St. Andrews, pero nosotros no íbamos allí para eso. Demasiado pijerío para nosotros.


Nosotros escogimos St. Andrews por su impresionante catedral en ruinas y su inmenso cementerio, tal vez el más impresionante y sobrecogedor de toda Escocia.


Un lugar donde a nadie le gustaría pasar una noche, pero al mismo tiempo dotado de una belleza incomparable.


Un lugar que empezó a construirse en el siglo XII, impregnado de historia y repleto de piedras milenarias.















La entrada a la catedral es gratuita, pero
existe la opción de subir a la torre y visitar la cripta por algo menos de 2 libras. Y merece realmente la pena. Nosotros
tuvimos la mala fortuna de que tras de subir la interminable escalera de caracol que conducía a lo más alto de la torre, la niebla hizo acto de presencia (por si el lugar era poco tétrico) y apenas pudimos ver nada del recinto de la catedral, aunque sí pudimos disfrutar de unas magníficas vistas de la ciudad.


A las dos y media de la tarde, decidimos dejar St. Andrews sin poder evitar echar la vista atrás y contemplar con algo más de distancia la solemnidad de la torre principal.


Demasiado impactante como para no mirar, pero debíamos emprender rumbo hacia el condado de Forfar, donde nos esperaba
uno de los castillos más famosos y mejor conservados de Escocia: Glamis Castle


La entrada al castillo de Glamis es espectacular. Se accede por una vieja puerta de piedra con un portón de hierro y más adelante aparece un camino asfaltado flanqueado por inmensos árboles, que van desapareciendo del campo de visión para dejar paso a la majestuosidad con la que este castillo de cuento de hadas, se muestra ante nuestros ojos. En este vídeo podeis ver plasmada esa sensación.

video

La verdad es que sorprende que en un sitio tan sumamente cuidado como éste, te permitan pasar con el coche hasta la misma puerta del castillo.


Y cuando digo hasta la misma puerta, es literalmente hasta la misma puerta.


Aparcamos el coche en una explanada de hierba que había en la parte trasera y sacamos los tickets para la visita guiada del castillo, a la que llegamos por los pelos porque era el último pase del día.


Eran casi las tres y media y aun teníamos veinte minutos antes de entrar. Aprovechamos para tomar un tentempié y comer unos sandwiches de ensalada de pollo con nuestro recién estrenado pan de molde escocés. Y la verdad es que nos supo a gloria.
Justo antes de entrar al castillo, nos dió tiempo a hacer unas fotos a un par de vacas melenudas que pastaban en la finca colindante; las famosas "Highland Coo". Simpáticos bichos estos.


Una vez en el interior del castillo, un guía muy serio e impecablemente trajeado nos condujo por las diversas estancias, mientras daba unas breves explicaciones en un inglés perfectamente comprensible.
En uno de los pasillos, nos señaló un viejo taburete de madera y nos dijo que tuviéramos cuidado porque allí solía sentarse el fantasma de un niño que se divertía poniendo la zancadilla a los visitantes.
Ya nos habían hablado de la pasión que sienten los escoceses por las leyendas y como buen castillo que se precie, éste no se iba a ser menos.
La pena es que no dejaban hacer fotos del interior, pero desde aquí recomendamos su visita porque es realmente precioso por dentro. Casi tanto como por fuera.


Como en principio no teníamos ninguna visita más en el plan de ruta, decidimos dar una vuelta por los enormes jardines que circundaban el castillo. Hacía una tarde preciosa, de las que apetece pasear. Y aunque hacía un poco de fresco, por primera vez en nuestro viaje brillaba un sol radiante que no quisimos desaprovechar.
Fué precioso ver como los rayos del sol incidían sobre las almenas del Glamis Castle.


He aquí una pequeña muestra de lo fastuoso de esos jardines, por los que se podía caminar con aboluta tranquilidad sin miedo a toparse con Eduardo Manostijeras.


















Si te adentrabas un poco en el bosque, te podías encontrar con cosas tan curiosas como este mini-cementerio donde se hallaban enterradas las mascotas de la familia.



Una vez recorrido todo el extenso recinto del castillo, decidimos reemprender la marcha.
Cuando volvimos al lugar donde habíamos dejado el coche, nos extrañó ver que era el único que quedaba allí y no le dimos la mayor importancia.
Pero casi nos da un infarto al llegar al portón de hierro y ver que estaba cerrado, rodeado de una gruesa cadena con un candado no menos gigantesco.

Madre mía. Ya estábamos metidos en otro fregao.

Antes de perder la calma, bajé del coche en busca de un interfono o algo para comunicarnos pero allí no había nada.
Mari Carmen me miraba con cara de susto, como queriendo decir que ella no pensaba quedarse a dormir allí sabiendo que había fantasmas. A mi tampoco me entusiasmaba la idea de pernoctar en el coche.
Dimos marcha atrás en busca de alguien que pudiera ayudarnos, pero por allí no se veía ni un alma.

Tras recorrer un laberinto de pequeñas carreteras, de repente apareció una chica montada en bici a la que preguntamos si había otra salida. Nos indicó amablemente un camino estrecho por el que se podía salir, pero al mismo tiempo nos dijo que nos diéramos prisa porque también lo solían cerrar antes de las 6.
Afortunadamente, encontramos la puerta abierta y salimos de allí, como se suele decir, cagando leches.

Aprendimos una lección que nadie debe olvidar si tiene intención de viajar a Escocia y es que allí, a las 5 de la tarde lo cierran TODO, incluidos los comercios. A partir de esa hora, en los únicos sitios donde se puede encontrar rastro de vida es en los pubs o en alguna gasolinera.


Esa noche dormíamos en Ballater, un pueblo de montaña que distaba 60 millas de donde nos encontrábamos. Teníamos que tomar la A93 que nos llevaba directos, pero nuestro GPS se empecinó en llevarnos por un "atajo" y decidimos hacerle caso.
A pesar de que la carretera (si es que se le puede llamar así) era realmente angosta y solo cabía un coche, agradecimos la decisión del cacharro porque el paisaje fue encantador durante todo el camino. Había tramos donde la hierba crecía hasta casi la altura del coche y otros en los que hacían acto de presencia pequeñas elevaciones montañosas con sus diferentes tonalidades de verde.












La verdad es que fué bastante divertido conducir por allí. Menos mal que en las 35 millas que duró el trayecto hasta retomar la A93, no nos cruzamos con NINGÚN coche porque no me imagino como nos las habríamos apañado para pasar los dos. De divertido no hubiera tenido nada.


A las 7 de la tarde llegamos a Braemar, uno de los pueblos más acogedores y bonitos de la zona de Grampian & Moray y decidimos hacer una parada de descanso.
















Pasear por sus calles, nos recordó una vez más los escenarios de cuento con sus casas de ventanas blancas y sus vistosos jardines.
Pronto descubriríamos que eso de los jardines es una constante en toda Escocia y que en la más remota casa del más remoto pueblo, tienen muy en cuenta el aspecto exterior sus hogares.


Pero no solo son los jardines lo que tienen tan cuidado. Cuando llegamos a Ballater (nuestro último destino del día) y dejamos las maletas en el hotel, dimos otra vuelta por sus calles y vimos que las fachadas de los comercios también estaban llenas de encanto.


Los pueblos escoceses se parecen muy poco a los de aquí y con ésto no estamos diciendo que sean mejores o peores. Simplemente, son diferentes.


En ninguna localidad escocesa por pequeña que sea, falta la iglesia con su imponente aguja. La religión está muy presente en todo el territorio.
Por cierto. Una de las cosas que debemos evitar es confundir Escocia con Inglaterra o discutir sobre creencias religiosas, ya que los escoceses consideran ambas cosas una grave ofensa.


Después de caminar hasta el margen del río Dee, regresamos hacia nuestro precioso hotel, que antes había sido una vieja iglesia y que ahora han reconvertido de manera formidable para dar alojamiento a los turistas.
Este es la impresionante entrada al Auld Kirk Hotel:


Si el trato había sido bueno en el bed & breakfast de Edimburgo, aquí tenemos que decir que fue excelente y por si fuera poco, nos dieron una habitación con unas vistas fabulosas y un cuarto de baño muy moderno y vanguardista. Todo perfecto y además, super limpio.









Una vez en la habitación, nos dimos una relajante ducha, yo me tomé un té escoces y después nos metimos pa el cuerpo unas cuantas rebanadas de pan con Nutella.

Antes de acostarnos, hicimos un más que positivo balance de nuestro primer día en Escocia, esperando que la cosa no decayera.

En ese momento, todavía no éramos conscientes de lo que nos estaba esperando.

domingo 18 de noviembre de 2007

DÍA 3 ---- BALMORAL- DESTILERÍA GLENLIVET - ULLAPOOL - KYLESKU



Ese día no madrugamos tanto y hasta las 8:30 no decidimos levantarnos. Habíamos dormido estupendamente y aunque teníamos las pilas bien cargadas, no quisimos hacer ascos al potente desayuno que nos estaba esperando, que ésta vez sí podíamos catalogar como auténtico scottish breakfast.
No solo nos sirvieron más cantidad que en el Thistle House, sino que además el plato iba acompañado del tradicional Haggis y una especie de morcilla que allí llaman Black Pudding.
Cuando nos dijeron que el Haggis era una tripa de cordero rellena con las entrañas del bicho y copos de avena, pusimos unas caras dignas de un cuadro de Picasso. Sin embargo, una vez que lo probamos nos pareció exquisito y al final no quedó ni rastro de Haggis en nuestros platos. Muy, muy rico. De verdad.

Después de desayunar, pagamos la cuenta, nos despedimos del staff del hotel y lo primero que hicimos fue llenar el depósito del coche y reponer víveres para el camino.
Luego nos dimos otro pequeño paseo por el pueblo, que a diferencia del día anterior, se encontraba lleno de vida y se podía ver a la gente realizando sus compras en las pequeñas tiendas.
Las mismas tiendas que según nos dijeron, a veces visita la mismísma Reina de Inglaterra. Y no es de extrañar puesto que Ballater solo se encuentra a 10 minutos de coche del palacio de Balmoral, lugar donde la Reina pasa sus vacaciones de verano.
No sé yo. Los comercios son toda una muestra de buen gusto, pero.... ¿os imaginais a Isabel de Inglaterra haciendo cola en la carnicería?


Una vez que llegamos a las inmediaciones del palacio de Balmoral, nos acercamos hasta el margen del río Dee, donde pudimos contemplar sus rápidas y cristalinas aguas, que además son totalmente potables. Por lo visto, la familia real es muy aficionada a la pesca y eligió veranear en Balmoral por las númerosas pozas salmoneras de este río.


Después de cruzar un viejo puente de hierro entramos al recinto del Palacio, en cuya entrada alquilaban carritos motorizados para moverte por allí.
Nosotros no nos veíamos ahí subidos, haciendo carreras con los jubilados y arriesgándonos a tener un accidente.
Preferimos ir caminando, atravesando aquellos inquietantes bosques.


Una vez en el recinto, puedes deambular tranquilamente por los jardines de palacio o por el edificio principal. Nadie te dice nada. Solo de vez en cuando encuentras carteles como los que habíamos visto en el Glamis Castle, donde se pide que se respete la intimidad de la familia.


Cuando llegamos a la explanada principal, nos entraron ganas de echar a correr por aquella inmensa alfombra de césped.
Menudo sitio para montar una barbacoa o echar una pachanga de fútbol.


Dentro del palacio, hay habilitada una sala de exposiciones con cuadros y fotos de la familia (apenas ninguna de Lady Di) y algunas cosas curiosillas como los trajes que ha lucido la familia real en eventos importantes. Al igual que la entrada al palacio, también es gratuito y lo único que no está permitido es hacer fotos.
También se pueden visitar las cocheras, donde se encuentran aparcados los coches oficiales y alguna que otra calesa del siglo XIX.












De una de las esquinas de palacio, parte una vereda que conduce hasta un banco junto al río, donde se suele sentar la reina Isabel cuando saca a pasear a sus perros.
No es por desmerecer a nadie, pero mi reina es mucho más guapa.


El granito gris en el que está construido el palacio le da un aspecto señorial muy impactante y su silueta recortada en el horizonte se queda grabada en la retina para siempre. No tiene mal gusto la familia real, no señor.



Sobre las 11 de la mañana abandonabamos el palacio de Balmoral y poníamos rumbo hacia Tomintoul, el pueblo situado a más altitud de toda Gran Bretaña y también puerta de las tierras altas de Escocia, más conocidas como las Highlands, que nos recibían con este arrebatador paisaje.


Como habeis podido apreciar en la foto, la anchura de la carretera daba lo justo para un coche y había que ir muy pendiente de los "passing place"; una especie de ensanchamientos en zonas de baja visibilidad, donde el vehículo que se lo encuentre a su izquierda debe detenerse para dejar pasar al otro.
Creo que aquí se puede ver mejor:


Después de hacer una parada en Tomintoul para echar un pis y tomar un café, nos llamó la atención este panel que indicaba dos direcciones opuestas y en la que podías tomar la que te saliera....


Nos dirigimos hacia la destilería Glenlivet, una de las más reconocidas de Escocia. No se puede marchar uno de ese país sin haber visto al menos una destilería tan importante como ésta.


La entrada y las visitas guiadas son también gratuitas y antes de entrar a lo que es la destilería en sí, se puede merodear por un pequeño museo donde se narra la historia de la misma y exhiben con orgullo sus mejores whiskys.


Al poco rato de estar allí, una chica muy jovencita y simpática llamada Ashley se presentó como nuestra guía y acto seguido nos condujo hacia el interior de la destilería. Eramos un grupo pequeño, de diez personas a lo sumo, de los cuales nosotros éramos los únicos "guiris". Al ponerlo en conocimiento de Ashley, la chavala se esforzó realmente en hablar pausadamente para que pudiéramos entenderla sin problemas.
Primero nos llevaron a una enorme nave en la que había unas enormes cubas de 18.000 litros de capacidad cada una, donde tenía lugar el proceso de fermentación. El intenso olor a malta y cebada lo inundaba todo y es imposible describirlo si no se ha estado allí.
Seguidamente pasamos a la sala de destilado, presidida por dos gigantescos alambiques encargados de destilar el whisky.
Después salimos al exterior y nos señalaron el lugar donde se hallaba el manantial subterráneo de donde procedía el agua que usaban para la fermetación.
Y por último, nos enseñaron
la descomunal bodega donde había innumerables barriles de madera en los que tenía lugar la maduración del whisky. En concreto, había un barril con más de 150 años de antiguedad que según Ashley, no tenía precio.

Para terminar la visita, nos condujeron a una pequeña sala donde tuvimos la oportunidad de degustar tres tipos de whisky Glenlivet de 5, 12 y 18 años respectivamente. Ni que decir tiene que el de 18 años fue el que más nos gustó a todos. Después nos comentó Ashley que entre sus mejores clientes, se encontraba el mismísimo Sean Connery.
Anda que es tonto el amigo.


El whisky estaba excelente, pero tampoco era plan de calentarse. Cualquiera se ponía a conducir medio bolinga por esas carreteras, así que yo solo me mojé ligeramente los labios. Mari Carmen fue la que de verdad disfrutó de la degustación. Estaba especialmente alegre y no solo porque estuviera de vacaciones en Escocia. Eso seguro.


En menos de una hora llegamos a Inverness, nuestro cuartel general durante las dos siguientes jornadas. Lo escogimos por su emplazamiento a orillas del lago Ness y su fama de ciudad hospitalaria.
Ya hablaremos más tarde de Inverness porque solo paramos allí para confirmar la reserva y dejar las maletas en el hotel.
El cuerpo nos pedía más kilómetros. Estábamos ansiosos por recorrer la carretera que iba desde Inverness hasta Kylesku, que según una prestigiosa guía de viajes, es la más bonita de toda Escocia.
No podemos afirmarlo ni desmentirlo porque allí todo es bonito, pero sí debemos admitir que solo nos faltó babear durante aquel fascinante recorrido.
Y es que, paisajes como el del lago Broom con esas montañas al fondo, pueden llegar a nublar los sentidos sin necesidad de haber bebido una sola gota de whisky.


El lugar era tan cautivador, que decidimos montar el picnic junto a las orillas del lago. Ya eran casi las 5 de la tarde y el desayuno había dejado de hacer efecto. En medio de aquel silencio, el rugido de nuestros estómagos era ensordecedor así que fuimos en busca de nuestra mochila de provisiones.
Al abrirla, vimos que se había destapado un frasco con cebollitas en vinagre que habíamos comprado y lo había puesto todo perdido. Media comida echada a perder y el romanticismo del picnic a la mierda.


Después de comer lo más aprovechale, emprendimos de nuevo la marcha hacia Ullapool, una localidad costera de donde parten los ferrys con destino a las Ias Islas Hébridas. Un lugar enclavado en un brazo de mar, en cuyas playas de guijarros, se mezcla el agua dulce del lago Broom con la salada del Atlántico.












Lo primero que notamos al llegar a Ullapool fue una bajada considerable de temperatura, tal vez a causa del fuerte viento que soplaba por allí. Pero eso no impidió que recorriéramos la calle principal donde era curioso ver las casitas blancas y justo enfrente una franja de cesped con innumerables madrigueras de conejos.


Nos resultó realmente chocante ver a los conejos junto al mar con la mirada perdida en el horizonte, mirando quién sabe qué.
Bucólica imagen ¿verdad?


Continuamos paseando por las calles paralelas a la principal, donde pudimos observar que los nombres de las mismas estaban escritos en gaélico, idioma que se sigue utilizando en Escocia, sobre todo en las Highlands.
El gaélico es una lengua muy estética. Las palabras parecían sacadas de un manual de magia, aunque había ciertos apellidos de sus habitantes que invitaban a todo, menos a llamar a la puerta.


También fue interesante ver lo que hay allí colgado en algunos tendederos. Cualquiera se atrevía a negar que estábamos en puerto de mar.


Ahora no recuerdo dónde, pero habíamos escuchado que en Ullapool se podían degustar los mejores "Fish & Chips" de toda Gran Bretaña, que como sabeis es la comida más popular del Reino Unido. Como no habíamos comido lo que se dice muy bien, fuimos a comprobarlo.


No sé si fue por el hambre que teníamos pero nos gustaron mucho. La pena fue no haberlo probado en otro sitio para poder comparar y dar un veredicto sobre si eran los mejores o no.
Al final, no pudimos con todo y las gaviotas fueron las encargadas de devorar las sobras.











A las 7 de la tarde cogimos de nuevo carretera y nos dirigimos hacia Kylesku, otro pueblecito de pescadores situado a 35 millas al norte. Teníamos intención de ir directos, pero la belleza de los paisajes que nos íbamos encontrando no nos daba tregua y nos obligagaba a parar cada dos por tres
.
Era imperdonable no hacerlo.


Es muy difícil describir la sensación de paz y de sosiego que se siente en esos parajes de las Highlands, donde el silencio es el absoluto dueño de todo.
Tal vez esta imagen del Cam Loch sirva para explicarlo.


Nos sentíamos como dos intrusos en medio de aquel desamparado lugar, pequeños, casi diminutos ante la grandeza del entorno. Seguro que en esos momentos, éramos las únicas personas en muchos kilómetros a la redonda.
Como podeis imaginar, ésta foto la hizo la cámara solita.


A lo largo del camino, nos encontramos con escenas tan surrealistas como semáforos portátiles provistos de ruedas para controlar no sabemos qué tráfico, o esta cabina de teléfono en mitad de la nada.


Al final tenían razón los de la guía de viajes. Conducir por la A835 al atardecer, era una auténtica delicia.


Pero el orgasmo total, llegó cuando nos acercamos a las inmediaciones del Ardvreck Castle,
y pudimos ver como los rayos del sol parecían pedir permiso a las nubes para estrellarse contra las aguas del lago que lo circundaba.


Estar allí, en las Highlands, junto a aquel desamparado castillo en ruinas y sintiendo el gélido viento del norte en el rostro, es algo que muy dificilmente podremos olvidar.


Puede que el aspecto del Ardvreck Castle no sea todo lo egregio que uno espera encontrar, pero su situación en ese pequeño istmo entre las dos orillas del lago Assynt, lo convierte en un regalo para la vista.


Todavía alucinados con lo que acababamos de contemplar, continuamos con la ruta hacia Kylesku, solo que ésta vez fue Mari Carmen la que se animó a coger el coche durante unas cuantas millas y vivir en sus propias carnes la experiencia de conducir al lado contrario.


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Y no lo hizo nada mal, teniendo en cuenta que a la pobre no hacían más que cruzársele animalitos de toda índole; desde pequeños erizos y conejos, hasta un corzo que se nos quedó mirando fijamente como si no hubiera visto un coche en su vida. Cuando llegamos a su altura, echó a correr despavorido.
Todo lo contrario que esta oveja, que más que una oveja parecía un perro y que seguramente estaba más acostumbrada a la presencia humana.
Así posaba para la foto.


Cuando llegamos a Kylesku eran casi las 8:30 de la tarde y nos encontramos con un pueblo practicamente deshabitado. Más que un pueblo, Kylesku parecía un collage de cabañas de pescadores desperdigadas por las montañas, así que solo bajamos a dar una pequeña vuelta por el puerto, que para variar, también estaba desierto.


Había llegado el momento de dar la vuelta y regresar al hotel antes de que nos pillara noche cerrada. Kylesku fué el punto más septentrional que alcanzamos de todo nuestro viaje a Escocia y aunque el pueblo no es lo que se dice
indispensable para visitar, recomendamos encarecidamente que vayais hasta allí.
Solo por el hecho de recorrer la A835 en coche, merece la pena.


A la hora de regresar a Inverness, decidimos hacerlo por otra ruta. Nos había encantado el paisaje pero tampoco era plan de repetir y por el mismo precio teníamos la opción de ver más cosas, así que tomamos la A838 no sin antes atravesar un buen trecho de carreteras de tercer (o incluso cuarto) orden, de doble sentido y una única dirección, repleta de los famosos "passing place".

Esta vez sí que fuimos casi de un tirón. Las vistas eran bonitas, sobre todo porque esta es la zona de Escocia donde más sensación da de estar en el país de los hobbits con esas suaves colinas de hierba, pero ni por asomo se podían comparar a las de la otra ruta.









Tal vez lo más destacable fue este puente colgante en la bonita localidad de Bonar Bridge.


Llegamos a Inverness casi a las 11 de la noche y con una paliza de coche tremenda. Fue sin duda, el día que más millas recorrimos de todo el viaje.
Allí nos esperaba nuestra acogedora habitación en un bed & breakfast muy coqueto y lleno de encanto llamado Bannerman House.


Después de una ducha reponedora, nos metimos en la cama sin cenar (los fish & chips nos salían por las orejas). Pero antes, tuvimos tiempo de hacer un poco el gilipollas.
Después de aprender que a la famosa falda escocesa se le llama kilt y que cada dibujo de cuadros simboliza a un clan, escogimos la colcha de la cama para representar al clan McRodríguez e inmortalizarlo para siempre con esta lamentable foto:


Entre risas, nos fuimos quedando dormidos. Estábamos agotados y al mismo tiempo impacientes por que amaneciera, ya que nuestro plan del día siguiente fue uno de los motivos que nos hizo ir a Escocia. Supongo que es la atracción principal para mucha gente y uno de los muchos misterios que encierran las Highlands.
Nos esperaba el Lago Ness y su famoso monstruo.

¿Veríamos a Nessie?